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16 enero, 2018

Comunidades de flujo y culturas comunitarias

Todo proceso de transformación sabe que la lógica no está en el orden, no está en lo organizado. Que a menudo esa transformación parte de situaciones que no se han previsto, que se corresponden con acciones espontáneas y libres engarzadas. Que esas situaciones generan otras nuevas, en muchas ocasiones inopinadas y accidentales (felices accidentes) y que en ese caldo de cultivo, abierto, natural y espontáneo van germinando nuevas formas de ver, de comportar, de relacionar, de entender… quizá esto sea lo que hay que comprender para reenfocar eso que se viene llamando gestionar la cultura. Sobre todo porque su micropolítica no entiende de estructuras firmes sino que parte de los sistemas complejos y, por ello, necesitados de un escenario “postgestor” que contemple lo cultural como un entorno de construcción relacional no instrumental, inacabado, inestable...

Descolonizar la cultura, como he dicho en algún otro momento, para reconciliarla con las sensibilidades comunitarias. Descolonizarla para imaginar una cultura liberada del acontecimiento. Para imaginarla como interferencia, para incluir todo lo que no ha cabido en esos marcosnormalizados” y que, por tanto, ha quedado fuera, invisible, inexistente

Hasta ahora, desde ese modelo de la cultura administrada, todo ha sido fácil: una programación bien estructurada y un consumo controlado. La ciudadanía usuaria nos sumergíamos en realidades unidimensionales creadas (según las nuevas tendencias de marketing) para enriquecer nuestras experiencias; la ciudadanía consumidora adquiríamos tranquilas lo que se nos ofrecía porque las mentes expertas se ocupaban; la ciudadanía comprometida nos purificábamos en estimulantes procesos participativos que alimentaban nuestra ilusión de pertenencia. La cultura ceñida a los límites de lo posible”, de las narrativas y de las tendencias… Se podría decir, en la linea de Harvey, que ha habido una “desposesión por gestión”, por saturación de productos. Pero el reto no es ya la distribución sino abrir las posibilidades para una construcción colectiva de la cultura. Combinar el modelo de gestión mecanicista (generación de productos) con el de gestión inductiva (estímulo de procesos).

¿Y si transformamos el modelo? Hablo de apostar por la provocación, por la inducción y por el nomadismo como lineas de fuga. Hablo de embarcarnos en procesos de deriva, en una narrativa que se vaya construyendo desde el análisis sincrónico, la reflexión representativa y la memoria social. Hablo de imaginar y favorecer espacios públicos que funcionen como comunidades de flujo. Quizá la salida más apropiada para aproximarnos a una gestión ciudadana descolonizada. Espacios que engendren.

Pero ¿qué entiendo por comunidades de flujo? Las comunidades de flujo son esos espacios de complicidad en los que se diversifican las inteligencias. Espacios desde donde se filtran las sensibilidades y se favorece la permeabilidad centrífuga y centrípeta. Desde donde se generan esas mareas que enriquecen las playas, que aportan nutrientes, que mueven… y que también arrastran. Comunidades generadas a partir de temas y argumentos transversales (urbanismos, feminismos, ecologías, diversidades…), que fluyen para contaminar conocimientos, para interferir en las certezas y para transmitir empeños a la comunidad. Esa es su transcendencia, su encanto: que son portadoras de la ética transwave e inductoras de procesos de contragestión. Que convierten la libertad de elegir en la libertad de generar, que superan la distribución de “necesidades”. Que abandonan la certificación para crear, mostrar y compartir; que posibilitan zonas de contacto autónomas y temporales; que superan los formatos; que desactivan los monopolios…

Una comunidad de flujo es el poder performativo y el poder compartido; el poder para y el poder con; el control ciudadano de todos los recursos materiales y simbólicos. Por eso no hacen ruido contable sino que potencian “lo que sucede”. Funcionan como un rizoma que permite que esa inteligencia ciudadana pueda evolucionar sin protocolos normativizados: No son “espacios cedidos” sino “espacios de emancipación”.

Algunos rasgos de las comunidades de flujo

  • Las comunidades de flujo tratan de superar esa dispersión y fragmentación que se aplica desde los modelos tradicionales de gestión: separar por ámbitos de conocimiento, de interés, de especialización… Las comunidades de flujo son un canal por el que circulan los materiales simbólicos de una sociedad compleja y no compartimentada, las que transforman el relato institucional buscando un ejercicio de transgresión y de desequilibrio como forma de construcción.
  • Las comunidades de flujo abrazan los imaginarios de contragestión y tratan de canalizar las capacidades colectivas. Son las que trascienden la lógica material y de resultados (qué resultados), las que se consolidan como espacios para la logística de las ideas, superan la programación hegemónica, se sostienen sobre lo cotidiano, potencian el cuidado mutuo, valoran la intuición, abren nuevos nodos…
  • Las comunidades de flujo sirven para pensar la realidad tal y como la soñamos, pero también tal y como la sufrimos, intentando difuminar ese espacio muerto que existe entre “lo profesional” y lo cotidiano. Son las que poco tienen que hacer con las regulaciones, las normativas y los procedimientos administrativos. Las que se dan sin necesidad de ser programadas ni contabilizadas.
  • Las comunidades de flujo conforman un modelo no instrumental, incluso, si se quiere, inútil. Algo que ensalza el gozo de si mismo. Las que de verdad cambian la calle y dejan paso a la realidad sensible. Las comunidades de flujo buscan el fin de la estandarización, esa que implica el empobrecimiento de las experiencias y de las inquietudes, que limita los posibles a la organización y la administración, que encoge el intelecto y, sobre todo, los sueños. Las comunidades de flujo son el comunitarismo experimental.
  • Las comunidades de flujo contrarrestan eso que Ivan Illich llama “modernización de la pobreza” y que podría traducirse en las burocracias de la novedad. Transitan por culturas secundarias, por espacios temporales y autónomos, por espacios mutantes. Las comunidades de flujo son espacios de movimiento que se convierten en espacios de ayuda mutua, de intercambio, de creación, de cuidados, de intermediación…
  • Las comunidades de flujo, como las tecnologías a pequeña escala, trabajan desde unidades mínimas para influir en entornos ampliados. Son sensores para conocer lo que sucede en el entorno y analizarlo desde la inteligencia comunitaria. Entender lo que ocurre alrededor, comprenderlo y actuar. Se terminan las singularidades y polaridades dentro / fuera / tuyo / mío / experto / lego. Un montón de neuronas computando entre sí como generadores de energía conectiva.
Técnico del Departamento de Programas y Redes en la Sociedad Municipal Zaragoza Cultural del Ayuntamiento de Zaragoza. Responsable del proyecto EspacioNexo, experimentación y cartografías para las culturas comunitarias.

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