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22 noviembre, 2017

Dime lo que ves, dime lo que sientes

“Me llamo Pepa Enrique Fernández. Tengo ya unos cuantos inviernos vividos y una buena parte de ellos los he dedicado a disfrutar, sentir y hablar de arte y emociones. Vivo con pasión, creo que no puedo hacerlo de otra forma. No soy maestra, ni pedagoga, ni historiadora del arte… soy educadora y en el arte encuentro un camino, una herramienta para expresar emociones . Me gusta escuchar lo que me quieran contar. Este es mi retrato, me lo hizo mi hija Candela cuando tenía 4 años, en él me encontraréis”.

 

Así comienza mi curriculum vitae, así es como me presento. En este artículo encontraréis una exposición de cómo entiendo el arte para hablar de las emociones y cómo lo llevo a mi trabajo. No tengo costumbre de teorizar sobre el trabajo que hago por lo que en este artículo cuento, sobre todo, por qué y cómo lo realizo, bajo mi propia experiencia y mi visión personal.

Comencé a bailar con 10 años, pasé parte de mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud entre guitarras, espejos, compás y taconeos, bailaba flamenco. Descubrí que sentía cosas dentro de mí que solo las podía expresar bailando. Sin saberlo en estos años descubrí un camino que tiempo después se ha convertido en uno de los motivos fundamentales de mi vida, el arte.

Podríamos decir que la cerámica me llevó a las aulas, los museos, las bibliotecas… Me formé en diferentes técnicas en torno la cerámica, la arcilla… a mí me gusta generalizar el termino llamándolo “barro”. Recuerdo que en mis primeros talleres el protagonista era Picasso y su relación con la cerámica, acabábamos haciendo un taller con barro. De estos comienzos hace ya más de quince años.

Solo en el año pasado compartí tiempo y espacio con más de 3.300 participantes en mis propuestas, en su mayoría niños y niñas de infantil, menos de primaria y casi nunca de secundaria, ya sea en sus coles, en museos, en ruta por la ciudad o en espacios patrimoniales. Otros públicos con los que trabajo son adultos con capacidades muy diversas intelectuales y funcionales, público familiar, educación de adultos, maestras y maestros, grupos de mujeres… Desarrollo principalmente mitrabajo en la ciudad de Zaragoza, sus colegios, museos, sala de exposiciones, espacios patrimoniales, etc. He trabajado como colaboradora de algunos programas de radio y también he participado en algún programa para la televisión autonómica de Aragón.

Me resulta difícil definirme dentro de la educación formal, no formal o informal. Creo que lo más apropiado es decir que trabajo en todos estos ámbitos puesto que gran parte de mi trabajo lo desarrollo en horario escolar y en las aulas, pero no solo. También en los museos, alguna clase extraescolar en coles, recorridos por la ciudad, incluso alguna que otra visita teatralizada.

Después de esta presentación os contaré por qué he elegido el arte y las emociones como protagonistas de mi trabajo. Personalmente puedo decir que el arte está presente en mi vida como algo necesario, que me nutre, me hace entender mejor el mundo que me rodea y conocerme mejor a mí misma. Yo no me siento artista, interpreto y siento el arte que me rodea, lo vivo y solo así soy capaz de acercar ese arte a los demás. La comunicación es mi fortaleza, el arte mi pasión. Aunque en mi vida personal el arte está presente en sus múltiples facetas, en la profesional trabajo sobre todo con pintura y escultura. En mis sesiones es habitual que la música o la danza estén presentes pero siempre son una herramienta para ayudarnos a interpretar una pintura o una escultura.

De ninguna manera espero que las personas que participan en mis propuestas lo sientan de la misma forma que yo, eso no es en absoluto relevante. Acerco a los demás el arte que a mí me conmueve para observar que sienten los demás, que cuentan de lo que ven. Con la experiencia he descubierto que la mayor parte de las veces cuando hablamos de lo que vemos, en buena parte, hablamos de lo que somos, de los que nos ocurre a nosotros mismos.

Hay dos aspectos del arte en los que pongo especial atención y que considero bien distintos. Uno, la persona, el artista y otro lo que se siente al contemplar su obra. En la mayoría de actividades que realizo donde el protagonista es un único autor o autora dedico casi el mismo tiempo a hablar del protagonista como de su obra. Bueno es más preciso decir que, hablo bastante de los datos biográficos del artista protagonista y de su obra hablan las personas participantes en la actividad.

No hablo de arte si entendemos que hablar de arte es hablar de estilos, fechas, premios y tecnicismos. No lo hago no porque desprecie este aspecto del arte, en absoluto. Sencillamente hablo de la parte del arte que a mí más me interesa, la que se siente y se experimente. Es una manera, quizás, poco formal de acercarnos al arte pero una cosa nos lleva a la otra, o al menos así lo entiendo yo.

Mayoritariamente los participantes en las actividades que propongo son público infantil desde 3 años. ¿Crees que un niño o niña de 3 años no puede hablar de arte? Te invito a acompañarme en alguna de las sesiones que realizo, te dejo mi contacto al final del artículo. No olvidemos que los educandos con los que trabajamos son unos expertos visuales, más de lo que lo seremos los educadores que les acompañamos. Mostrar una imagen de un cuadro, escultura o instalación y preguntar “¿Y esto qué es, qué está pasando?” Realizar esta pregunta es abrir una maravillosa caja de sorpresas, es recibir una lluvia de emociones, un montón de vidas que te cuentan lo que ven, lo que sienten o lo que en ese momento les toca vivir.

Quizás la mejor forma de entender como trabajo es poniendo algún ejemplo. Realizo una actividad en aula que tiene como protagonista a la artista Frida Khalo, fuente inagotable de inspiración para mí. Después de presentarles a Frida, hablarles de su vida, de sus pesares y sus alegrías, pasamos a realizar algo con nuestras manos, pasamos a ser los protagonistas. Contamos verbalmente, por escrito o con colores cómo nos sentimos. Cada participante tiene en un folio dos fotografías suyas que convertiremos en autorretratos (previamente me he puesto de acuerdo con la profesora o profesor y hemos fotografiado a los participantes e impreso las imágenes en blanco y negro muy muy rebajado, de manera que se vea su retrato pero con poca definición). En una de las imágenes se pintaran con una emoción y en la otra imagen se pintaran con otra emoción diferente. Cada cual elige las emociones que desee. Para ello cuentan con una caja grande llena de colores y libremente eligen dos o tres colores por emoción, no más. Aquí podéis ver los autorretratos de esta experta emocional de 4 años que se llama Nerea.

 

 

 

¿Adivináis que emociones eligió? Con rojo y negro expresó su enfado. Con amarillo y rojo su alegría. Un detalle a tener en cuenta es que Nerea en la realidad es muy muy rubia. ¿Os preguntáis por qué en el enfado se ha puesto morena? Os pregunto yo ¿os habéis fijado en el color del pelo de los personajes “malísimos”, generalmente “malísimas” de las películas para público infantil? Morenas o morenos, correcto. ¿Y los personajes que representan “la bondad” “el amor”, etc.? En muchos casos rubias y rubios. Esto, afortunadamente en los últimos años va cambiando. No es casualidad pues que Nerea en el enfado, una emoción que cuenta con poca “aceptación social” se ponga el pelo de negro. Muchas muchas veces me ocurre que en las actividades que hago me dice el público infantil que el enfado y la tristeza no tienen que estar en nosotros. Son emociones que “molestan”, que a veces los adultos que rodeamos a los más pequeños no sabemos cómo manejar e intentamos evitar. Es posible que ocurra esto porque como adultos tampoco sabemos muy bien cómo gestionarlas. Por tanto para una niña de 4 años que el enfado sea algo “negativo” y la alegría sea algo “positivo” ya va aprendido. El peso cultural es muy grande y hay que entenderlo y tenerlo en cuenta cuando observamos e interpretamos lo que oímos o vemos.

Escuchar con respeto y poniendo en primer plano los argumentos y/o emociones que se manifiestan ante una obra de arte, venga de quien venga sin tener en cuenta su edad, formación o sus capacidades, es un motor lleno de estímulos para mí.

 

 

Recuerdo también una celebración del Día Internacional de los Museos (DIM), estábamos en un museo, en las salas dedicadas a la pintura gótica y barroca. Delante de un cuadro donde aparecía como figura principal una Virgen con el niño y alrededor unos ángeles tocando varios instrumentos (por si os apetece buscarlo es un cuadro del segúndo tercio del siglo XV, autor Blasco de Grañén, con título “Virgen con el niño rodeada de ángeles músicos”). Destacaba en el cuadro el color dorado y azul. En esta ocasión acompañaba a un grupo de jóvenes de un centro de educación especial. Al sentarnos enfrente de la obra y sin dar ningún detalle de la misma les pedí que la observaran mientras yo hacía sonar desde mi micrófono la música de los diferentes instrumentos que se veían en el cuadro: arpa, flauta, etc. Por supuesto, los cuadros también se oyen. Después de nuestra observación y de la pequeña audición les pedí que me contaran qué era aquello que estaban viendo, yo no había hablado ni de autor, ni de época, ni de nada que no fuera dejarnos sentir. La respuesta de uno de los participantes fue: “Eso es el chill out de la Virgen”. Enseñé muchas veces ese cuadro y a partir de aquella visita, siempre lo nombré como el “Chill out de la Virgen”, por supuesto también di los datos reales del autor y de la obra.

Personalmente lo que más me interesa del arte es lo que tiene relación con el aspecto emocional y francamente, creo que es mucho. Conocer al artista también tiene que ver con las emociones. Saber que sentía, que le emocionaba, en que momento de su vida se encontraba al hacer una u otra obra, conocer a los autores a través de sus obras. Pero también conocer qué sienten los espectadores y espectadoras al contemplar dichas obras. Qué produce en mi aquello que veo, y sobre todo, qué cuento de aquello que veo, que no siempre es lo mismo. Las emociones que se producen ante el arte, las propias, las individuales, a veces las reconocemos, otras veces no. Pararse a sentir es importante. Otra fase diferente es reconocer esa emoción y por último contar lo que siento. Este camino de provocar emociones con el arte, parar a reconocerlas y contar lo que sentimos es el camino que yo transito con mis propuestas.

Cuanto más pequeños son los participantes más sincera y directa es la respuesta emocional. Menos filtros sociales, educacionales, culturales, formales… digo menos, no que no existan obviamente. No sé qué pensarían Picasso, Miró, Gargallo, Nicky, Pollock, Goya, Frida, Sorolla, Calder, Serrano y tantos artistas de los que hablo en las propuestas que realizo si me oyeran o vieran usar sus obras como “detonadores emocionales”, pasando por alto lo que estos autores quisieron contar, si es que alguien sabe qué es lo que quisieron contar. Tampoco sé muy bien qué pensarían algunos académicos del arte si me vieran trabajar. Tengo claro algo y es que para mí y en mi trabajo el arte es una herramienta para la vida. “Quién y por qué lo hizo” sin perder importancia pasan a un segundo plano ante “qué siento”.

Si tuviera que ceñirme a una metodología concreta o definirme con alguna de ellas no me resultaría sencillo. Me interesan pedagogías llamadas alternativas y metodologías de las escuelas Waldorf, Montessori, Reggio Emilia. Me interesan las inteligencias múltiples, el aprendizaje cooperativo, la neuroeducación, la escuela inclusiva, etc. Me cuesta definirme porque soy la suma de muchos aprendizajes y de años de experiencia, estoy en continua formación. Sí puedo decir que la metodología que utilizo, que varía según el espacio, los participantes, los intereses, etc. tiene un denominador común que es la escucha y el respeto. Para mi da igual si la persona que está interpretando una obra de arte tiene 4 o 40 años, el respeto y la escucha siempre es el mismo, absoluto.

He pensado en muchas ocasiones qué aportan las propuestas que hago y después de estos años donde, he ido acercándome más y más a las tutoras y tutores en las aulas, y compartiendo más y más las percepciones que he tenido después de cada sesión, he descubierto que lo que aportan es mucha información sobre cada participante y que las personas más preparadas para interpretarlas y contextualizarlas son los tutores si es con público escolar o las propias familias en actividades familiares.

En la mayoría de ocasiones que realizo una actividad no conozco el grupo, pasaré con ellos como mucho un par de horas, tiempo aproximado que duran la mayoría de mis intervenciones. No conozco sus historias familiares, sus duelos ni alegrías, para mí son un tesoro por descubrir. No entiendo de etiquetas previas, no tengo información previa. Las personas que participan en las actividades, en su mayoría nada saben de mí. Esto sin duda es una gran ventaja. Una ventaja para acercarnos sin etiquetas los unos a las otras. Y para escuchar cuantos menos estereotipos, prejuicios y etiquetas mejor. En un ambiente de confianza y con el arte como excusa se cuentan muchas cosas. Es muy importante que en las sesiones estén presentes los adultos de referencia de los participantes. Si son grupos escolares sus tutoras o tutores, si son grupos familiares los adultos que les acompañen, pues para estos adultos esta información será valiosísima. Al final de las sesiones, en el cambio de impresiones ya sea con familias o tutores y tutoras, es habitual la sorpresa por lo oído. No porque no se lo esperasen, pues conocen bastante las realidades y el entorno de los participantes, más bien porque no esperaban que se hiciera tan evidente y de forma tan rápida, aunque a veces hay sorpresas en lo compartido. Es sin duda una herramienta más para conocer y comprobar cómo se sienten y qué cuentan sus hijos, sus hijas o educandos. Que yo no sea maestra del colegio, que no forme parte del entorno de los participantes es una ventaja en estos casos. No hay juicio, no hay censura, para mí todas las respuestas son válidas, nos ofrecen una oportunidad para conocernos mejor.

Aprovechando estas últimas líneas me gustaría hacer una petición. Pido a todos los centros escolares, a todos los museos, espacios patrimoniales y en general a todos los lugares donde de una manera u otra se tenga un plan educativo que se ponga especial interés en que sea inclusivo. Pido igualmente que se escuchen, que se nos escuchen, a los profesionales que trabajamos en ellos y que a la vez se nos pida, exija, que nuestras propuestas sean inclusivas. Debemos estar preparados y preparadas para dar esta respuesta a todas las personas que deseen disfrutar de las propuestas que presentemos. Creo que la inclusión es el camino, en el arte, en la escuela, en la vida.

Deseo que gocéis mucho del arte que os llegue, que lo sintáis como un regalo y si es de vuestro interés que podáis compartir las emociones que os provoque.

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