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13 noviembre, 2018

Gestionar o germinar

Trabajar sobre modelos preestablecidos y conocidos puede que sea lo fácil. Seguir las líneas trazadas y “sensatas” que nos señalan los manuales de gestión y las estrategias políticas y de mercado, también. No pasa nada, todo es válido. Sobre todo desde espacios y proyectos en los que la contabilidad es la ortodoxia, la que justifica lo que está bien o mal, lo que puede continuar o eliminarse, lo que se puede programar de nuevo o no, lo que ha constituido un éxito o un fracaso. No es el caso de espacios  como Nexo en los que la disciplina de la deriva atenta es la que estimula el trabajo: la búsqueda, la experimentación, el riesgo y la reflexión posterior. En definitiva, la conciencia de que no se puede controlar el resultado cuando generamos un impulso y lo dejamos libre.

Intervenir en nuestras realidades más inmediatas (eso es la cultura comunitaria) a través de imaginarios que no se formalizan desde los procedimientos tradicionales de la gestión (nunca me he sentido cómodo con ese término para intervenir desde la cultura) supone zambullirte en  situaciones, contextos y entornos que no están definidos. Ese es el estímulo y por ello se necesita un nuevo sentido, una nueva práctica, una forma abierta de acercarnos a la incertidumbre. Dejar que las cosas sucedan, dejar que la cultura suceda. Por ello es necesario aparcar las cantidades, abandonar los datos que pueden almacenarse. Esto nos ha sucedido en Espacio Nexo.

Pero no es fácil para una mentalidad de cultura administrada, de cultura dada. Porque, en general, también en lo referente a la cultura, los cerebros están preparados para computar mientras se olvida la riqueza de todo lo que no se puede observar, de lo que excede a nuestro entorno directo e inmediato. Estamos acostumbrados a descansar cuando las cifras nos parecen aceptables (tantos participantes, tanto gasto, tantas actividades…) sin tener en cuenta la influencia indirecta e inducida, sin apreciar la multiplicación desde lo mínimo, sin apreciar las cadenas de sucesos que se nos escapan, de las influencias impulsoras que crecen de forma exponencial y libre.

De gestores a germinadores. Esa es una radical diferencia que cada vez es más necesario instalar en los discursos y en las acciones. Al menos en proyectos como éste. Ser conscientes del trabajo que hacemos y de la influencia que podemos ejercer sobre nuestro entorno inmediato. Los resultados aparentemente invisibles. Resultados sin control tangible que determinan nuevas posibilidades y generan nuevos caminos. Porque, en realidad, somos partículas entrelazadas con multitud de variables.

Por eso es necesario darle una oportunidad a la cultura desde otro ángulo. Desde lo impredecible. Si se nos escapan tantas cosas de nuestro entorno cotidiano ¿cómo podemos medir nuestras acciones? Si también modificamos cuando observamos ¿cómo podemos cuantificar los cambios? ¿Cómo podemos justificar los resultados? No podemos hacerlo a no ser que experimentemos y en un medio plazo volvamos a por más muestras. Pero eso, bien es verdad, resulta muy difícil para mentalidades administradoras. Para esa inminencia que requieren los plazos políticos y una mal interpretada transparencia.

Aun así conviene insistir en esa capacidad de entrelazamiento autónomo de hechos, insistir en que las cultura no se limita a lo visto u oído, que no se limita a completar aforos, que no se limita, siquiera, al goce de las artes (que también)… que de lo que se trata es de la construcción de imaginarios de comunidad. Y ello requiere de una línea de trabajo bien larga.

Sigamos siendo germinadores por encima de gestores y ello nos llevará a caminos que, quizá, no se hayan andado. Construir un entramado de pensamiento sobre el que cimentar el modelo de sociedad que queremos. Eso también es trabajar por la cultura. Y recuperar la capacidad de autonomía y crítica, recuperarla como herramienta para la estimulación. Dotar a la cultura de una mayor carga de pensamiento.

 

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