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16 noviembre, 2017

El misterio amigo

Hace ahora unos cinco años que entré en contacto con la diversidad funcional (término que propone el Movimiento de Vida Independiente como sustituto de discapacidad). Una amiga-hermana me ofreció impartir clases de danza en un colegio de educación especial. Andaba yo falta de trabajo —remunerado, de lógica capitalista; el trabajo nunca falta—, así que acepté sin vacilar.

Recuerdo mi conmoción la primera vez que entré al colegio: según recorría el pasillo hacia la sala que me habían asignado, un rumor extraño, salpicado de clamores ininteligibles y chirriantes, se colaba por las rendijas de las puertas, como si las aulas alojaran a decenas de criaturas de especies desconocidas para mí, tal vez venidas de otros planetas. Muy pronto dejé de reparar en el peculiar ambiente sonoro al cruzar el umbral del colegio. Fui conociendo a aquellos seres y descubrí no sólo que éramos del mismo planeta, sino que con algunos tenía más cosas en común de lo que hubiera imaginado y de las que tenía con otras criaturas que no iban a “colegios especiales”.

Ese curso fue muy duro. Yo tampoco tenía experiencia como enseñante. Me faltaban recursos y a menudo la situación se me escapaba de las manos. A veces, al acabar la clase, apresuraba mis pasos hasta dejar atrás la puerta del colegio y entonces rompía a llorar. La frustración crecía como un plantón arraigado en la base de mi estómago. Mantenía largas conversaciones con mi amiga-hermana, que llevaba años de trabajo en el terreno, en las que compartíamos dudas e ingenios y ella me decía: “Paciencia, Violetica, paciencia, confía en ti, mantente alerta y no pretendas conquistar al misterio con solo guiñarle un ojo”.

Además de la frustración, esa primera experiencia me proporcionó un valioso conocimiento de mis limitaciones (quien se crea libre de discapacidades, que se analice un poquico), una pequeña colección de momentos divertidos y emocionantes y una auténtica veneración por el oficio de la enseñanza y quienes lo ejercen. También tomé conciencia de la importancia de la observación detallada y sin prejuicios de todo lo que va más allá del lenguaje verbal, que aporta tanta o más información que este y, desde luego, más profunda y más fiable. Esa observación se hace imprescindible hasta la obviedad cuando te relacionas con personas para las que la palabra no es el medio óptimo de expresión o que no la utilizan en absoluto. Entonces una se ve transportada al reino de lo sutil, donde todos los órganos sensibles se van amaestrando como canales receptores y emisores: vehículos de la comunicación, sustancia de cualquier relación.

Y, bueno, cuando le cuentas esto a alguien por desgracia ajeno (condición sólo posible en una sociedad que no se acepta plenamente como diversa; que contiene y vive esta diversidad a regañadientes, creando guetos como estos colegios especiales), este suele sonreír complacientemente, o bien fruncir el ceño con afectación, y pronunciar alguna necedad del tipo qué bien le hacéis a esta gente. Y no es que sea mentira, espero que les hagamos mucho bien, en efecto. Al igual que espero hacer bien a todas las personas que me importan algo. Pero si ese ajeno —torpe de pura ignorancia— no lo fuera y hubiera tenido la oportunidad de contar en su entorno con personas con diversidad funcional, sabría que es una relación de intercambio, como cualquier otra, en la que una recibe y da en calidad –cosas crudas, cosas bellas– y cantidad variables, pero siempre recíprocamente.

Mi primera experiencia me llevó a formarme específicamente y a dedicarme a fomentar la diversidad en las artes escénicas como una enamorada. El resto de experiencias vividas en estos cinco años en distintos contextos (enseñando danza, coordinando y colaborando en talleres artísticos, bailando en grupos variopintos) en que estaba presente la diversidad funcional, y más frecuentemente la diversidad funcional intelectual, no han hecho sino confirmar y enriquecer estos tempranos descubrimientos. La frustración aún asoma de vez en cuando, pero si la transformas, puede funcionar como mecanismo de crítica y resorte de motivación. Por lo demás, una trata de acostumbrarse a caminar junto a la incertidumbre inherente a las relaciones humanas. El misterio se hace amigo.

 

La imagen pertenece al Colectivo Debajo del Sombrero.

Este artículo se publicó originalmente en la “Revista Crisis, 2014”

 

Violeta Fatás Labarta

Trabajo por una cultura más accesible en todos los sentidos. Co-dirijo Pares Sueltos - danza inclusiva. Vengo de la danza contemporánea. Me apasiona la improvisación como disciplina radicalmente inclusiva y llevar las artes escénicas a todas partes. También me dedico a la accesibilidad audiovisual para personas ciegas y sordas.

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