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30 noviembre, 2017

Tecnologías en disputa: nuevas oportunidades para el bien común

Las innovaciones tecnológicas suelen llegar a nuestras vidas –a nuestras pantallas, a nuestras familias, a nuestras ciudades y pueblos- en forma de caja negra. Traen un manual de instrucciones que explica una serie de funcionalidades cerradas decididas por la entidad que se dedica a poner en circulación y a explotar comercialmente el objeto tecnológico de turno, cuya presentación en el mercado es solo una de las posibles configuraciones que podría tener.

Si nos acercamos a los estudios sociales de la tecnología, aprendemos a ver varios artefactos allí donde aparentemente solo hay uno. Esta propiedad de los objetos tecnológicos es conocida como flexibilidad interpretativa [0] y lo que viene a decirnos es que un dispositivo puede tener tantos significados como le atribuyan los grupos sociales relevantes (esto es, grupos de personas que coincidan en expectativas y necesidades de uso acerca de una tecnología, tengan o no una estructura organizada para defender su punto de vista). O, dicho de otra manera, que la tecnología que acaba teniendo éxito no es la única posible.

No estamos hablando tanto de hackear lo que viene dado como de tomar parte -o, por lo menos, conciencia- en la preconfiguración de las tecnologías. Esto pasa, como mínimo, por activar nuestro interés sobre sus procesos de producción, conectarnos unos con otros y hablar sobre ello. Hablar sobre el estado de las cosas, las amenazas y las oportunidades. Pero también hablar sobre el mundo que queremos, sobre el mundo que podría ser ahora.

El software libre se considera paradigmático en este sentido, no solo porque se crea y distribuye con licencias abiertas, lo que constituye la alternativa al software privativo, sino también porque introduce una nueva modalidad de organizar la producción: descentralizada, colaborativa y no propietaria. Una forma de trabajo que viene acompañada de una ética de cooperación que implica que los recursos y los resultados se comparten entre la comunidad de usuarios/desarrolladores. El software libre se considera uno de los principales comunes que ha dado la sociedad de la información y el conocimiento, en gran parte porque ha revolucionado la industria de la información al practicar procesos productivos más eficaces para el mercado que aquellos promovidos desde las empresas tradicionales [1]. En definitiva, el software libre es un referente porque desde un lugar virtualizado ha conseguido imaginar y cambiar lo real y lo concreto.

De la Internet utópica a los grandes imperios digitales

Antes del fin de la burbuja de las puntocom, el desarrollo de Internet se daba en paralelo a un renacer de las tecnoutopías. La Declaración de Independencia del Ciberespacio proponía a los primeros internautas, allá por 1996, la posibilidad de entender la Red como un campo nuevo, exento de seguir la norma social establecida, incluidas las leyes de los gobiernos. Se trataba de una oportunidad única para intervenir en la preconfiguración de una tecnología que ha cambiado la forma de organizar la sociedad.

Solo han pasado veintiún años pero hoy en día resulta complicado imaginar un futuro en el que la tecnología vaya a ser, de forma unívoca y por defecto, una aliada en la construcción de una sociedad más libre y más justa. A partir de 2004, se abre un nuevo nicho para la innovación y el mercado tecnológico. Las redes sociales, que hoy tratamos con total naturalidad, como si siempre hubieran estado ahí, comienzan a desarrollarse hace apenas trece años. Poco a poco, los usuarios -ciudadanos de todo el mundo- hemos ido tomando conciencia de que con cada clic que hacemos en los principales servicios web estamos renunciando a nuestra privacidad y colaborando en la construcción de un big data muy suculento y al que no tenemos acceso. Las posibilidades que abre esta renta de monopolio para las grandes compañías del negocio digital (Google, Facebook, Amazon, Microsoft e IBM controlan la mayor parte del tráfico de datos mundial) dibuja un futuro distópico, con un e-government global que controla los cuerpos y los movimientos como ninguna otra administración política lo ha logrado antes. Las hackers de 2037 nos lo cuentan a las del pasado en el manifiesto del Hackmeeting 2017.

También ha habido cambios importantes en los usos que permiten las redes sociales. Si en 2011 analizábamos cómo la autoorganización de los usuarios por medio de servicios 2.0 (redes sociales, blogs, almacenamiento de foto y video, etc) tuvo mucho que ver en cómo se produjo la viralización de movimientos como la primavera árabe o el 15M en España, hoy tratamos de entender de dónde vienen y quién envía los ejércitos de bots que se dedican a contaminar el debate político en la Red.

Una batalla democrática del ahora: el control de los datos

Afortunadamente, y pese a que el paisaje pueda parecer apocalíptico, existe margen -siempre existe o, si no, se acaba construyendo- para intervenir en la preconfiguración de cada nueva fase de desarrollo tecnológico. El control de los datos es la nueva línea del frente, que se suma a otras como la neutralidad de la red, la privacidad o la libre expresión de los usuarios en la Red, siempre vigentes, o a algunas más actuales como la de los efectos no deseados que generan plataformas de economía colaborativa -Uber, Airbnb…- sobre los tejidos productivos locales.

Francesca Bria explica en este vídeo y en este artículo cómo las instituciones tienen un papel crucial en evitar que los datos, un bien común producido entre toda la ciudadanía, acaben en manos de los imperios digitales. No solo por una cuestión ética, de privacidad o económica, sino también porque los resultados que se pueden extraer de la minería de datos pueden revertir en otros sitios que devuelvan su valor al común, como por ejemplo a través de unas mejores políticas públicas. Precisamente, Bria es una de las personas que lideró D-Cent Project, una caja de herramientas de código abierto, distribuidas y comprometidas con la privacidad, destinadas al desarrollo de la democracia directa y el empoderamiento económico, y que tiene proyectos piloto funcionando en Islandia, Finlandia y España.

Un poco más lejos llega en sus planteamientos Evgeny Morozov, quien pronostica que la batalla por los datos será pronto un elemento fundamental en las agendas progresistas, ya que la comprensión del funcionamiento de esta nueva economía digital permite traer al presente los grandes debates macroeconómicos que quedaron dormidos tras la caída del muro de Berlín.

La inteligencia artificial o los entornos de realidad virtual son solo algunos de los muchos desarrollos tecnológicos que están en pleno auge y, por eso mismo, en un momento maleable. Merece la pena que, como personas que habitamos la ciudad y que deseamos mejorarla, paremos a pensar sobre las expectativas y usos que más nos interesa dar a las tecnologías, pero también, por qué no, permitirnos soñar los mundos posibles que nos abren, más allá de los manuales de instrucciones.

¿Qué márgenes existen ya desde los que soñar? ¿Cómo construimos otros? ¿Qué preconfiguraciones tecnológicas se encuentran en disputa en la ciudad? ¿Por qué deberían interesar -o no- estos asuntos al tejido cultural local?

El 13 de diciembre empezamos a despejar incógnitas en las jornadas Kulturtopias 😉

 

 

[0] Autores constructivistas: Weibe Bijker, Trevor Pinch y Bruno Latour, entre otros.
[1] La riqueza de las redes, de Yochai Benkler, sobre producción peer 2 peer.
Periodista y más cosas. Acabando máster en Sociedad de la Información y el Conocimiento en UOC.

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